LA TAREA DE SANDRA

Sandra llegó tarde a la escuela. Su cuerpo temblaba y casi no podía hablar.
Estaba aturdida e impresionada por haber presenciado un accidente atroz, algo que jamás había visto de forma tan cercana.
A mitad del camino de su casa a la preparatoria, que recorría a pie, vio como un auto arrollaba a una hermosa chica que cruzaba la calle.
Cerró los ojos.
“Soy un hombre y tengo dudas/y deudas y deseos también./ Soy un niño y tengo miedo de morir, de vivir, de matar” escuchaba en su Ipod al salir de su casa unos 15 minutos antes.
Acababa de conseguir el último disco de Corcobado llamado “A nadie”, a quien acababa de conocer gracias a su novio quien varios días antes, después de hacer el amor apasionadamente, (era su primera vez), le había puesto la canción “Gasolina de besos” perteneciente al disco “Secuestraré al amor” de unos años atrás, mientras ella estaba acurrucada sobre su pecho, sentía como las manos de él le recorrían parsimoniosamente la espalda.
- ¿Qué es eso que escuchamos?, cuestionó Sandra.
Un tipo español llamado Corcobado, le respondió, para luego darle un tierno beso en la frente.
Me gusta, y mucho, comentó.... y se decidió a conocerlo más, por lo que empezó a comprar sus discos, porque le apasionaba aquella forma tan solitaria y fatalista de ver la vida. Se sentía identificada.
Al momento del accidente, Sandra escuchaba “Caballitos de anís” en la estrofa donde versa: “He muerto mil veces; hoy os lo puedo decir. No creáis que existe la muerte, es mentira la muerte, es mentira la muerte…” Al entrar al salón ninguno de sus compañeros percibió su arribo.
Su madre la alcanzó en el cruce de las calles de la colonia Roma donde sucedió la tragedia.
Sandra estaba tendida en el suelo, inmóvil, con una mirada débil y perdida, mientras que un charco de sangre mojaba sus cabellos y enmarcaba su cabeza. Ya casi no respiraba.
La ambulancia llegó 7 minutos después del golpe. Los paramédicos utilizaban todos sus recursos para salvarle la vida, aunque todo fue en vano, su alma ya no estaba ahí.
Se había adelantado a su salón de clases para entregar una tarea a la que dedicó parte de la semana de la materia de anatomía, sobre el sistema nervioso y el cerebro acerca de las reacciones que existen después de la muerte.
El alma de Sandra, al ver que no podía comunicarse con nadie, se dio cuenta que su mochila no estaba con ella, ni sus cuadernos, ni sus plumas, ni el trabajo que con tanto esmero realizó.
Todo se regó en la acera después del golpe.
A unos cuantos centímetros de su cuerpo, su Ipod todavía emitía la voz de Corcobado: “el futuro se desvaneció ayer como el aguardiente en el llanto, como un infarto al final de un romance de verano”.
Estaba aturdida e impresionada por haber presenciado un accidente atroz, algo que jamás había visto de forma tan cercana.
A mitad del camino de su casa a la preparatoria, que recorría a pie, vio como un auto arrollaba a una hermosa chica que cruzaba la calle.
Cerró los ojos.
“Soy un hombre y tengo dudas/y deudas y deseos también./ Soy un niño y tengo miedo de morir, de vivir, de matar” escuchaba en su Ipod al salir de su casa unos 15 minutos antes.
Acababa de conseguir el último disco de Corcobado llamado “A nadie”, a quien acababa de conocer gracias a su novio quien varios días antes, después de hacer el amor apasionadamente, (era su primera vez), le había puesto la canción “Gasolina de besos” perteneciente al disco “Secuestraré al amor” de unos años atrás, mientras ella estaba acurrucada sobre su pecho, sentía como las manos de él le recorrían parsimoniosamente la espalda.
- ¿Qué es eso que escuchamos?, cuestionó Sandra.
Un tipo español llamado Corcobado, le respondió, para luego darle un tierno beso en la frente.
Me gusta, y mucho, comentó.... y se decidió a conocerlo más, por lo que empezó a comprar sus discos, porque le apasionaba aquella forma tan solitaria y fatalista de ver la vida. Se sentía identificada.
Al momento del accidente, Sandra escuchaba “Caballitos de anís” en la estrofa donde versa: “He muerto mil veces; hoy os lo puedo decir. No creáis que existe la muerte, es mentira la muerte, es mentira la muerte…” Al entrar al salón ninguno de sus compañeros percibió su arribo.
Su madre la alcanzó en el cruce de las calles de la colonia Roma donde sucedió la tragedia.
Sandra estaba tendida en el suelo, inmóvil, con una mirada débil y perdida, mientras que un charco de sangre mojaba sus cabellos y enmarcaba su cabeza. Ya casi no respiraba.
La ambulancia llegó 7 minutos después del golpe. Los paramédicos utilizaban todos sus recursos para salvarle la vida, aunque todo fue en vano, su alma ya no estaba ahí.
Se había adelantado a su salón de clases para entregar una tarea a la que dedicó parte de la semana de la materia de anatomía, sobre el sistema nervioso y el cerebro acerca de las reacciones que existen después de la muerte.
El alma de Sandra, al ver que no podía comunicarse con nadie, se dio cuenta que su mochila no estaba con ella, ni sus cuadernos, ni sus plumas, ni el trabajo que con tanto esmero realizó.
Todo se regó en la acera después del golpe.
A unos cuantos centímetros de su cuerpo, su Ipod todavía emitía la voz de Corcobado: “el futuro se desvaneció ayer como el aguardiente en el llanto, como un infarto al final de un romance de verano”.
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