CICLOS




Abrí los ojos. No sabía cómo llegue hasta ahí, pero me encontraba sentado frente a un árbol que solamente tenía cuatro hojas en sus ramas, a punto de caer. Terminaba el otoño.
Sentí que una ráfaga de viento me acariciaba la piel, que de repente arrancó una de las hojas que dificilmente se sostenía en una de las ramas, al tiempo que un perro se postraba bajo la sombra que reflejaba el árbol, exactamente frente a donde yo estaba. La hoja tocó el suelo por lo que presencie que al mismo tiempo el perro color negro, exhalaba su último aliento. Murió.
Hacía frío. Pasaba la medianoche y una luna encantadora se erguía, tan esplendorosa, detrás de unas cuantas nubes grisáceas.
El susurro del viento me acariciaba los oídos. No sentía miedo, ni soledad, aunque se notaba que no existía alma alguna rondando el territorio desconocido.
Me preguntaba para qué estaba ahí?, desconocía por completo cómo había llegado a ese lugar, y sólo recordaba haberme dormido, en casa, después de ver una película de David Lynch, pero una tranquilidad exagerada me embargaba. Respire profundo.
Una nueva ventisca se sintió en aquel extraño lugar. El árbol dejó escapar la segunda hoja de una de sus ramas, mientras un gato negro se restregaba contra su tronco.
El felino, que presumía su aterciopelado pelaje, sólo se recostó a un lado de las raíces del árbol, y cuando el suelo detuvo la caída de la hoja, el animal dejo de respirar sin queja alguna, ni ruído, ni maullidos, cual sí hubiese caído en un profundo sueño.
Yo sólo lo contemple desde mi lugar. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, pero permanecí inmovil.
No sentí dolor por aquellos animales y pensaba en lo efímero que puede ser la vida.


Inmediatamente después, llegó un gran cuervo negro batiendo sus alas, para postrarse en una de las ramas de este gran árbol.
Era enorme y hermoso. Pese a la oscuridad de la noche, se podía percibir a la perfección el brillo de su plumaje gracias a la luz de la luna serena.
La rama que sujetaba las dos hojas restantes se dejo seducir por un viento suave, refrescante, que nos sedujo en ese moemento.
Soltó una de de las dos hojas, mientras el cuervo permanecía del otro lado, expectante, con sus grandes ojos negros. La hoja tardó poco en llegar al suelo. La hermosa ave súbitamente cayó al precipicio. No sintió el golpe final, murió antes de tocar el suelo.
Me acerque al cuervo y quise ayudarle, pero fue inútil, al igual que con el perro y el gato, no tenía el mínimo rastro de vida, por lo que sólo lo acomodé a un costado del tronco del árbol, deleitándome con la belleza que irradiaba aún muerto.
Llegó otra ráfaga de viento, ésta vez más fuerte, casi insoportable, pero el árbol no soltó su última hoja.
Miré alrededor en busca de algún otro animal, pero no hallé nada. Respire profundo y regrese al mismo lugar donde había despertado, a unos cuantos metros del enorme árbol.
Mientras me calmaba y respiraba profundamente, de nueva cuenta una leve brisa me acaricio el rostro y sentía como poro a poro se iba metiendo en mi interior.
Voltee hacia la luna y después mis ojos apuntaron hacia la última hoja que permanecía en el árbol.
Este la soltó gracias a una nueva brisa helada y observé como caía lentamente hasta llegar al suelo.
En ese instante mi corazón dejo de latir por completo y me desvanecí también.
Varington (in)sane

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